Pagar por ver telenovelas

Por Pablo Manrique

Las series están a la orden del día. Todos pasamos un tiempo sintonizando las nuevas plataformas de entretenimiento. ¿A qué contenidos nos exponemos? ¿Somos clásicos consumidores o nos hemos convertido en una audiencia crítica? Dime lo que ves y te diré quién eres.

Las plataformas como Netflix o Blim, reproducen las diferencias sociales y las convierten en narrativas seriales, expuestas y comercializadas para un tipo de consumidor específico. Sin embargo, todavía hay excelentes realizaciones, checa acá cuáles.  

A todos nos gusta una buena historia. ¿No?

¿Te acuerdas de Fargo? Tenía yo 17 años cuando la fui a ver. Fui con Avril. La llevaba sentada en la parrilla de una bicicleta azul “de turismo” que era más vieja que yo. Fuimos al cine club de la Facultad de Arquitectura. Era el principio de esa ola de gran cine medio sátiro, medio oscuro de tono, mezclado con actuaciones bien dirigidas, de veteranos de teatro, y especies de clubes de actores y cineastas que trabajaron juntos una y otra vez durante los 1990’s en Estados Unidos.

Hoy, 18 años después, los protagónicos de esa película encabezan el reparto de sus propias series de televisión. La segunda generación de una especie de pequeñas grandes operas televisivas. Pasan por cable o satélite —tele de paga—  y están hechas con impecable calidad cinematográfica. Llamémoslas “Telenovelas” (pensé NeoTvNovelas pero se me hizo muy exagerado) y simplemente hagamos el ejercicio de agregarles un argumento adjetivo para diferenciarlas.

Los dos actores a los que me refiero se llaman Steve Buscemi y William H. Macy, quienes hoy compiten contra pequeños genios y accidentes de la nueva era del drama televisivo. Tal es el ejemplo de Mad Men— una telenovela de publicistas viviendo al filo moral de los cincuenta — la cual se estrenó en Julio 19 de 2007 por AMC, un canal básico de televisión por cable cuyas siglas representan la frase: American Movie Classics — Clásicos del Cine Estadounidense. Esta serie —Mad Men— que fue originalmente ofrecida a HBO y rechazada, sería la primera serie original dramática de AMC y un éxito mundial.  Después vendría Breaking Bad (Volviéndose Malo, en nuestro idioma); telenovela sobre un profesor de química de secundaria quien se vuelve el mejor cocinero de cristal y gángster del país.

El éxito de éstas historias sobre emprendedores del crimen en el mundo capitalista que navegan entre el prohibicionismo y triunfan trágicamente no es un accidente. Son lo que queremos y disfrutamos ver muchos de nosotros. Es lo que viven unos cuantos, o al menos es de ellos un reflejo brillante.

10.3 millones de personas sintonizaron en vivo el episodio final de Breaking Bad, convirtiéndolo en el más visto de la serie — en comparación, el final de la temporada 4 solo dos años antes tuvo 1.9 millones de espectadores—  vendieron comerciales a USD $400,000, mismo precio que instituciones de la tele como American Idol. Pero lo más importante de todo: cerraron.

Pudieron parar el tren en la terminal sin irse al precipicio, al tiradero de los argumentos donde muchas otras series quedaron. Con un costo promedio de $3 millones de dólares por episodio, este drama criminal americano logró revelar mucho de nosotros, individualmente, y como colectivo. Lo recomiendo.

Según la página de Dish, un paquete desde USD$39.99 puede incluir la cadena AMC en Estados Unidos. En México se puede ver a través de cable si no me equivoco.Todo lo anterior lo comento para tener en foco siempre la calidad, el flujo del dinero y el costo del entretenimiento de ficción que nos lleva a estos mundos de sutil y oscura belleza.

Decía que tengo —tenemos, creo— la necesidad de escuchar historias y aprender algo de ellas; leer o ver películas, escuchar audio-libros para nutrir nuestros escenarios, nuestros simuladores mentales, nuestras pesadillas. Serán variables el vehículo y la apertura que uno se permita, y determinante la relación que la historia puede tener con la vida de uno. Pensemos en clasificaciones de películas: hay algunas que tendrán contenido sangriento u ofensivo, como se supone que es el mundo de los adultos. Otras serán inocentes y románticas.

Hay profundidades y complejidades variables en esas historias y, con suerte, tienen una estrecha relación con lo que hemos vivido, si no, las entendemos de un modo más superficial y confuso, o nos distanciaremos. Otro fenómeno, y que quizás vale su propio espacio, pasa con la música, una industria víctima de su propia auto-destrucción. Hoy es difícil encontrar contenido de calidad.

Caen sobre los jóvenes y sus padres las repugnantes bombas pop que existen en este momento de caos y súper oferta de contenido. Los Justin Biebers y los Marios Bautistas acumulan millones de impresiones -“clicks.” Aparentes fenómenos espontáneos, socialmente nutridos por masas digitalizadas, son finalmente culpa de todos nosotros en las generaciones previas que no hemos hecho el trabajo suficiente para enseñar a nuestros hijos — sobrinos, hijos adoptivos, y las generaciones frente a nosotros— a sentir algo con la música más profunda.

Rayos, quizás ni hemos tenido estos hijos porque está todo muy mal, nos da miedo, y en el peor de los casos, los niños nos dan asco porque somos de esos entes individualistas, hijos del absoluto presente liberal, a quienes los niños roban la atención que necesitamos. Así, por un lado tenemos las fábricas de Ídolos Americanos y por otro la realidad; el trabajo cotidiano, las verdaderas historias de terror, las noticias, la economía.

Hay televisión por la que se paga y otra por la que no. De todos modos hay que comprar un aparato, un gasto que puede ser fuerte para muchos. Pero vale la pena

¿Qué realidad es de la que nos escondemos detrás de estos programas tan complicados?

En la televisión de alta calidad, la de paga, vemos las historias del crimen americano embellecido, y, por otro lado, la tele abierta, la que yo personalmente tengo mucho, muchísimo tiempo sin ver, nos muestra una imagen de nuestro país con gente miserable humillándose entre sí, reproducciones de clasismo y miseria mental, y quizás un poco de deporte.

Parece que todo está organizado para que unos paguen por ver contenido de ficción bien hecho y la gente de clase media sufrir mientras se convierten en robots del pop, y otros, los que no pueden pagar, vean propaganda en forma de noticieros, programación de baja calidad, y a pobres sufrir en la tele abierta.

Creo, en un arranque imaginativo, que en el futuro cercano, entre más pagues, más variedad de sufrimiento tendrás derecho a ver. Lo más valioso serán las telenovelas bien hechas. Ha sido un buen paseo, pero no puede haber accidentes por siempre, y quién sabe cuando traigan de nuevo una buena historia, redonda, a la televisión.

Escrito en marzo, 2014

@anarcopop

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