Ahora, Biden

Por Luis Miguel Hoyos Rojas

LA HERENCIA TRUMPSIANA Y AMÉRICA LATINA

Estados Unidos en el sentido de la intelección política es una «democracia consolidada». El constitucionalismo estadounidense que aún es sólido goza de buena salud y no ha enfermado grave, sin que ello niegue la posibilidad de ser destruido desde dentro.  Los líderes políticos como afirmó Kierkegaard «no tienen límite de realización, pero si de perfectibilidad». Esto significa que quien detenta el poder puede hacer transformación asertiva o lograr saltos cualitativos al “peor pasado político”. La era Trump «caos sin razón» en Pitkin, demostró el “sin límite” de Kierkegaard.

La democracia estadounidense experimentó en la era Trump eso que los “Federalist Papers” habían vaticinado: «la democracia es un sistema al que no cabe pedirle milagros». Quizás todo Occidente en consonancia con la caída del democratismo estadounidense, aprendió que la democracia siendo un excelente sistema de gobierno para una sociedad abierta como lo afirmó Popper, no es un paraíso terrenal. Y que mal conducida, es susceptible de irracionalizarse instituyendo comportamientos que separan la práctica social de los ideales éticos con los que en otras épocas estuvo íntimamente compenetrada.

Trump representó lo que Poullain de La Barre llamó «irracionalización del bon sens» y lo que Simone de Beauvoir definió como «hipertrofia del razonamiento social». Este personaje promoviendo la “realización personal” al mejor estilo del liberalismo cavernario ―donde la satisfacción individual es la máxima aptitud que el ser humano puede desarrollar―, deshizo la idea política que afirma que la realización personal está indisolublemente unida al bienestar común de los sujetos que componen el hábitat social. Logrando una involución filosófica en la sociedad estadounidense: aquella terminó de abandonar el poco «liberalismo moderado» que quedaba, el ―Milleano―, y pasó a abrazar a Hobbes, Pufendorf y Locke como estilos de vida deseables. Desde donde es impensable comprender que la elección que cada ciudadano hace está determinada por el entorno social en el que está, tal como lo afirmaron Hegel, Elster y Nussbaum.

Tomado del canal Derecho Vespertino

Bajo este oscurantismo el mito se volvió realidad: “realización personal es igual a egoísmo social”. Partiendo de la moral liberal se pasó a predicar que los derechos eran los mismos para todos y la existencia de “desafortunados o pobres” lo eran por carecer de la presencia de ánimo necesaria para llegar a la realización de sí mismos. Trump usando la trampa del liberalismo clásico «condiciones mínimas» reivindicó “no hay porque exigir y dar más” porque las condiciones mínimas están dadas y en la tierra de la libertad todo es posible. Por lo tanto, “si son pobres es porque quieren”. Ignorando la existencia de estructuras sociales y de poder que rodean a las personas y que impiden el desarrollo igualitario entre seres diferenciados como es la basta sociedad civil estadounidense. Toda la filosofía y conciencia política se volcó así de nuevo a las ya amonestadas corrientes de Posner y Friedman.

Tal «clave liberal clásica» promovió la desfinanciación de la política social, educativa, inclusiva y el aumento de la «aporofobia» en sus expresiones radicalizadas: latina, negra, inmigrante, sexual, religiosa, económica y ni que decir de los “derechos de las mujeres”. Trump siendo la encarnación filosófica de Benjamin Constant pasó afirmar como aquel que el «Estado únicamente debía emplearse en garantizar la propiedad y el ocio pues estas eran las condiciones para la realización de la personalidad». Por consiguiente, vimos la caída de la ya inestable «condición mínima de desarrollo» que en el preámbulo de la Constitución de los Estados Unidos aparece con el nombre de “Bienestar”. Y que desde la Corte de Warren es un parámetro para el acceso distributivo a los “bienes primarios” que cada quien requiere para poner en práctica su propia concepción de buena vida, tal como lo afirmó Ruth Ginsburg. A diferencia de lo que se especula en Estados Unidos si existe el «igualitarismo distributivo», solo que este en contraste con el europeo dada su tradición socialdemócrata, nada tiene que ver con el desarrollo humano. Se concentra en “igualar los caminos de posibilidad” para que todos puedan acceder a la propiedad como máximo derecho constitucional.

Retomado del canal DW en Español

La gran lección que nos dejó Trump, entre otras, es que la democracia es una especie de “sismógrafo político” claramente frágil. Esquilo nos había advertido esto y nos instruyó: «la democracia puede durar un suspiro y al perderse se perderán la mayor parte de las obras más importantes que nos hacen entender lo que somos como humanidad». Es decir que cuando llegan Gobiernos como el de Trump, que no consideran el bienestar común como parámetro de vida fomentando la divergencia social incluso para decidir quien accede a la “propiedad”, es cuando se desatan las peores formas de desigualdad: no es sorpresa que hoy se esté empezando a utilizar desde la Vicepresidencia de Harris toda la conceptología «pobreza multidimensional». Aspecto que sorprende dada la imposibilidad de asimilación racional. Esa misma que nos indicó que tal concepto era solo aplicable a contextos donde la desigualdad es un horizonte colosal como ocurre en África y ciertos lugares de América Latina.

Recordar a Trump es hacer una intensa reflexión política que nos permite considerar que las condiciones materiales y los logros propios promovidos por un «capitalismo especulativo» y un liberalismo pre-lockeano, no son suficientes para el desarrollo de la individuación social. La capacidad de desarrollo personal depende también de como somos designados en el acceso a los bienes que nos hacen equipolentes u horizontales con relación a los demás. Y que, por tanto, participar de una idea política apartada de la dignidad haciendo depender aquella del éxito o de la riqueza, cursa con una posición elitista y exclusiva que termina decidiendo quienes son y no son ciudadanos.

Retomado del canal de CNN

Podemos afirmar que Estados Unidos no siendo una «sociedad del bienestar» en los términos de Heller, pudo aprender tras derrocar a Trump, aquella lección que nos enseñó  Victoria Camps: «los individuos somos distintos, pero si queremos que palabras como bienestar o igualdad signifiquen algo, habrá que creer en ciertos valores comunes». Valores que patentemente son: elección, participación, reconocimiento y distribución de la riqueza que realmente son los únicos (hasta hoy) que nos hacen ciudadanos plenos y en condiciones.

La ciudadanía se materializa a través del respeto de la libertad, igualdad, derechos humanos, sociales y económicos; que con independencia del modelo político deben ser fijos dada su naturaleza de «códigos de justicia» como los definió María José Fariñas. Fuera de este contexto racionalista no hay nada más. Esto implica colocar el consenso democratizador por encima de la especulación individual o de lo que nuestra satisfacción personal nos pueda indicar. Es directamente «apelar al buen sentido de la humanidad» según Wollstonecraft o «imperativo categórico» de Kant. Jamás podemos olvidar que la ciudadanía y la satisfacción dinerista no transitan por los mismos caminos. Mucho menos cuando la globalización viene promoviendo una hipermoralización individualista del desarrollo económico, sobre todo, la «neoliberal» que es capaz de sostener por medio del mito de la “libertad irrestricta” la discriminación y opresión de otros.

Retomado del canal Aprendemos juntos

Llegó Biden. No es la perfección misma, pero es mejor que Trump. Llega con un reto y no es necesariamente borrar con el pasado del «democratismo trumpsiano». No puede hacerlo, porque no se puede purificar la historia y ella es como cursa. Su mayor reto es contribuir a que la democracia global sea fuerte y estable. Pero a diferencia de cualquier otra administración le espera algo que no era común en la práctica política: «la polarización caudillista».   

Hasta hace poco el «caudillismo» parecía una especie de producción latinoamericana gestada en los albores del siglo XIX en nuestras “exóticas tierras” pero después de Trump sabemos que no es así. El caudillismo es transfronterizo e intercultural y se manifiesta ―igual que el patriarcalismo―, allí donde las radicalizaciones sociopolíticas se vuelven fundamentalismos encarnados o como lo definió Weber «legalidad personal institucionalizada». Nadie podría negar que Mussolini y Franco fueron directamente caudillos. La lógica “caudillesca” prosigue hasta la actualidad solo hace falta mirar a América Latina y Asia.

El problema del caudillismo es su bucle ideológico: orden impuesto por la fuerza que invariablemente es su máxima expresión allí donde se manifiesta como discurso de develación práctica. Pero a diferencia de Estados Unidos el caudillismo no está en su registro de referencia cultural y tampoco en su tradición política, no en los términos latinoamericanos. Ni siquiera en la construcción misma de sus movimientos más radicales como el Feminismo Sugrafista o el Movimiento de los Derechos Civiles de las Comunidades Negras. A nadie se le ocurría señalar a Martin Luther King, Elizabeth Cady o Shirley Chisholm de “caudillistas”. Esto tiene su explicación.

Retomado del canal de la Universidad de Navarra

El «checks and balances» solo analizado hasta el cansancio desde una perspectiva jurídica, ha cumplido en los Estados Unidos un rol moral: Los controles y equilibrios dentro de la democracia estadounidense habían permitido que el bipartidismo no violara las fronteras éticas y las líneas rojas de adscripción. En otras palabras, siendo Estados Unidos una democracia basada en un sistema de valor denominado «integración» hizo frente a la imposibilidad de la tiranía y el populismo pues el proceso de federalización tiene como pasado el peor pasado político que implicó el liderazgo “caudillista” que se opuso a la integración de la nación, habrá solo que recordar a “Country Party” dirigido por el Juez West.  

En todo caso, el sistema ‘checks and balances’ que siempre reguló la separación de poderes utilizando la fórmula de cooperación entre ellos, encapsuló la “personalización política” porque esta fue la “gran amenaza” a la deliberación democrática y unificación de la unión de los Estados Unidos. Una fórmula que trasplantada a otros regímenes constitucionales ha garantizado con éxito relativo una forma de gobierno que avala la división y el respeto entre el ejecutivo, el legislativo y el judicial. Impidiendo que entre estas tres partes ningún líder sea más visible sobre el taburete social, pues la democracia deliberativa descansa sobre los poderes públicos y no sobre personalidades políticas transmutadas. Esta premisa propia de la tradición de los Estados Unidos fue quebrantada por Trump.

Habrá que recordar que a parte de inundar el Ejecutivo e influir sobre el Legislativo controló el Poder Judicial en cabeza de la Suprema Corte, generando lo que Foucault llamó una nueva “episteme”. La “infestación trumpsiana” como herencia no es el supremacismo racial o narcisismo de la “américa blanca”. Aquellos son causes del pasado que, no teniendo origen en Trump si fueron abiertos por él. Trump introdujo el caudillismo a la democracia de los Estados Unidos.

Tomado del canal de Ted Talk

Se presentó como «agente mesiánico», único líder natural, intentó tener el derecho de regir las riendas de un partido y se autoproclamó el único capacitado para gobernar la nación para salvarla de la amenaza “castro-chavista” ¿suena familiar? Prohibiendo a la sazón, que otros agentes y líderes ascendieran a la palestra apelando a las disputas y la constante descalificación con violencia. Es por ello que se puede considerar que este es su máximo legado: «La violencia política institucionalizada». Esto rebasa de forma indefectible cualquier intento de buscar un análogo superior de Trump en el pasado, ni siquiera Reagan lo es: a quien Trump le imitó hasta en el eslogan. No lo tiene en la democracia estadounidense, ha sido el primero en su especie. La violencia política mediática y la capacidad de ejercer una profunda determinación sobre las conciencias de otros poderes que Trump logró, no tiene precedentes en los anales de las desdichas democráticas de Estados Unidos. A escala integral ha sido “políticamente” el más violento. Sus guerras no usaron misiles, pero no dejaron de ser guerras. Una de ellas fue el ataque al multilateralismo y a los consensos democráticos de la Modernidad misma.   

Trump a diferencia de Reagan o cualquier otro, logró identidad política por «adscripción personificada», algo atípico en la praxis filosófica de la conciencia democratizadora de la unión americana. Esto es, una conciencia de democracia no promovida solamente por un pensamiento basado en el dinerismo, sino en la creencia de que el «sueño americano» es un tipo específico de cultura de referencia que supone la lógica de la exclusión social como razón de buena vida y práctica ejemplarizante: de ahí que los mismos “latinos” (entre otros) hayan asumido con mayor vehemencia un extraordinario desprecio no solo por sus propios naturales sino por su cultura de referencia. Hizo trascender su eslogan a pensamiento de vida.

Tomado del canal Make America Great Again

Los que se adscribieron a su ideología entraron a la firme idea de convertirlo en centro y pensamiento de la reflexión nacional: «un caudillo en Estados Unidos». Como claramente sucede en Colombia con “otro” que por repugnancia me es imposible mencionar. El Trumpsismo inundó las conciencias personalizando la regla de equipolencia entre poderes y afirmando “el Estado soy yo” como lo afirmó Luis XIV y en América Latina más de uno. Solo desde este nivel de reflexión podemos entender por qué no reconoció el triunfo de Biden y pretendió escamotear el poder electoral de la nación. Es este el panorama que espera a Biden: una nación separada no por un color político, sino por la ruptura de pensamiento sobre lo que debe ser la “vida en los Estados Unidos” y que supone para muchos la convivencia con el supremacismo, el elitismo y la segregación: así como el liberalismo lockeano convivió con la esclavitud. ¡Trump liberó a los titanes del tártaro!

El nuevo presidente debe enfrentarse a todo ese caudillismo romántico y titánico que añorará siempre la época de Trump. Al mejor estilo latinoamericano, quedó sembrada en Estados Unidos la añoranza de un líder con “mano dura y corazón grande”; de ultraderecha, opresor de la multilateralidad, enemigo de la libertad de las mujeres y censor de la depravación en nombre de un “dios” que ha ordenado la no libertad de cultos.  Biden se enfrenta a la institucionalización caudillista ajena a la tradición con un ‘checks and balances’ lábil porque el “liberal pre-hobbiano” tuvo que extenuarlo tanto como para permitirse la maniobra de sustitución del poder político por su “poder carismático”. Al nuevo presidente le espera un proteccionismo fatal, la Washington de Trump bloqueó la inmigración y forzó la deportación perdiendo su válvula social lo que privó a Estados Unidos de uno de sus mercados principales, suceso del que todavía no hay efectos, pero vendrán. Así mismo el crecimiento económico que dejó afectó las discretas previsiones económicas para Estados Unidos y la región, alejando a los inversionistas por tasas de intereses impagables que llevaron a la ruina a los medianos y pequeños empresarios. Realidad reticular que tampoco ha cobrado sus efectos en los términos de «costo de derechos» de Sunstein y Holmes.

Tomado del canal CNN en Español

Todo esto unido a una conciencia de ultraderecha que como en América Latina es incapaz de entender que su líder habló siempre usando la retórica del futuro y la prosperidad para abrir «ventanas de overton» y justificar el supremacismo, la deportación, la discriminación, etc. El riesgo de todo es que no hay garantías para que el actual presidente no haga lo mismo en su afán por demostrar otro camino. Al  caudillismo (entre otros males políticos) le sigue lo que en la filosofía denominamos «recursiva» que no es más que la aplicación del pasado al nuevo resultado inmediato: un caudillo anterior siempre habilita la existencia de un caudillo en el futuro más cercano. Esa ha sido la regla que ha permitido la existencia de caudillismos de izquierda y derecha. La esperanza es que Biden es demócrata, esperamos que pueda ir siempre de la mano con el consenso social.

Aunque aún no es clara su consigna de a donde va su gobierno, menos en estas épocas,  no podemos perder de vista que toda su política se verá embelesada sin permitirse divagación por Estados Unidos. El Covid-19 y la recesión económica que atraviesa el país le obligan. Así que en vez de canonizar su llegada es hora de que podamos entender que todos los días serán: ¡America First! Con relación a América Latina la política desde luego hará frente a los males que trajo Trump, pero sin ignorar que será como ha sido siempre la “agenda global” de nuestro vecino. Sí volvió la decencia a la Casa Blanca y con ella el respeto a lo genéricamente humano. Pero las prioridades de una superpotencia están ahí. Ahora será un gobierno pulimentado usando la multilateralidad que respetará el mundo global que es multicultural y diverso. Pero jamás dejará de poner sus intereses como el neoconservadurismo (que no es conservadurismo) ha dictado: “siempre primeros”. Así también lo hizo Obama. La preponderancia de Estados Unidos es indiscutible en el seno político de la nación: es un mínimo que azules y rojos no alteran. Es consecuencia de su política de exportación democrática y no cambiará. Habrá mucho recato en esta administración, pero con Trump o sin él, Estados Unidos no permitirá perder su lugar de “primer mérito y último progreso” en tanto que se concibe como la máxima realidad social existente en el universo mundo. Así que no hay que confundirse.

Tomado del canal NBC News

Haber elegido a Biden ofrece sosiego y para América Latina “coexistencia pacífica”, porque para Trump la democracia era un arma de fuego para disparar contra Venezuela, Cuba y Nicaragua (entre otros). La administración está decantando para la región una «agenda verde» frente al cambio climático, amazonas y los derechos de la naturaleza. Macrocategoría política y jurídica que desatendió Trump al llamarle “mesología añeja”. La reincorporación de Estados Unidos al «acuerdo de París» dice mucho. Pero nada de esto exterminará el «caudillismo trumpsiano» y tal realidad puede alterar la geometría política con América Latina. Porque, aunque racionalidad y pacifismo llegaron para adelgazar la desidia de Trump hacia la región, la ideología del liberal pre-hobbiano no ha muerto. Su salida no implicó la defunción de la familia normativa y estereotipada de irracionalismos que revivió a lo largo de su inestable gestión. Ahí están y pueden devolverse contra nosotros. Las democracias se han resentido por causa de la pandemia y por ella también, son más inestables.  

Estoy seguro de que en la era Biden habrá oportunidades para nosotros como región: una vez removida la inercia de las “aguas conservadoras” por la onda democrática del norte, tenemos a nuestro favor la condición de posibilidad para derrumbar desde el sur, la monocultura política que, antes ejercida por Trump, rige con idéntica desigualdad a nuestros pueblos. Es posible que el gobierno Biden nos brinde apoyos sin que eso signifique “hacer milagros”.  Paz, lucha contra el narcotráfico, protección del medio ambiente, derechos humanos, movilización social y cooperación para el desarrollo, son algunos de los temas que se podrán presentar como “agenda” y que podemos esperar de su estrategia de estabilización regional. Es claro que promoverá la restauración de una relación de confianza resentida por la indiferencia de Trump en su profundo desprecio por la cooperación norte-sur. Pero de esto no se sigue la resolución del conflicto de nuestras desigualdades como “agenda política”, eso no pasará. Somos los dueños de nuestro «devenir» en los términos de Nietzsche y solo en nuestras manos descansa la posibilidad de edificación de sociedades pacíficas y desarrolladas. Esperar más de los Estados Unidos es una utopía política.  

Retomado del canal de Noticias Telemundo

América Latina en buen uso del término de Sousa Santos «dinámica de la indignación» debe emprender su propia exigencia de cambio. Países como Colombia y México (entre otros) experimentan igual involución democrática que antes vivió Estados Unidos en la era Trump. Es necesario como sugieren Gargarella y Kennedy, transformar no solamente nuestras conciencias socio-constitucionales, sino también transfigurar la «sala de máquinas» encargadas de la dirección social y política de los Estados. Entender que vivimos una involución que se ha hecho más evidente a partir de una pandemia y que tal situación requiere de un cambio de conciencia organizacional y democrática que no puede estar supeditada a otras latitudes, pero tampoco a caudillismos en emergencia. Hay otras “luces” que la política constitucional latinoamericana debe “encender” ya.

La llegada de Biden, aunque no es la solución directa a nuestros problemas como región, si es una invitación a examinar nuestras perspectivas, pensar en otros horizontes y revisar cánones como realidades socio-políticas: dejar de ocuparnos tanto en la purificación de la historia y pensar que este presente se ha vuelto tan difícil como el pasado. Debemos llegar a comprender que no hay mayor derecho que ser libres, que la igualdad no necesita más justificación que aquella que afirma que “lo somos” y, que ninguna persona es la verdad encarnada con la suficiente capacidad de sustituir la democracia racional. No somos solipsistas políticamente pero tampoco hay que imitarlo todo. No obstante, las buenas prácticas de derrocamiento de los gobiernos opresores si son dignas de calcar porque por esa misma vía nació el constitucionalismo como internacionalismo. De los “gringos en la era Trump” nos queda otra lección: no podemos superar la desigualdad eligiendo al peor pasado encarnado porque eso es sustituir la deliberación democrática por los “ídolos de barro”. La democracia racional siempre será la mejor forma de compartir este enorme espacio público que habitamos y llamamos, mundo.

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