El reventar de una burbuja en cámara lenta

Por Pablo Manrique 

La crisis cultural en Estados Unidos de América es más clara que nunca: sugiero ver hacia arriba porque, en la ingenua perspectiva verticalista que tenemos, siempre es así como se llega a la conciencia de qué estamos siguiendo, admirando, idolatrando y buscando alcanzar, y nos podemos preguntar si de verdad es ahí donde queremos llegar. Obviamente los individuos buscarán el bienestar inmediato individual —o familiar — producto de la estabilidad económica. Pero, ¿qué sigue?

Existe hoy también una crisis de confianza en las empresas. Las burbujas punto.com vienen reventando desde 1999 y el día de hoy es verdaderamente dudoso el valor de los productos digitales, al grado de esforzarse por generar mérito a toda costa y reinventarse para dar la sensación de innovación y utilidad. La gran burbuja de la mercadotecnia, de la publicidad que vende magia donde no la hay, está explotando en espeluznante cámara lenta. La necesidad de comunicarse y la inmediatez de la transmisión de información son quizá lo último que el epicentro informático nos ofrece. Cuando aparentemente todos tenemos la posibilidad de saberlo todo, ¿en dónde queda la posibilidad de plusvalor para la tecnología? En su control y en su selectiva distribución.

Estados Unidos, un país construido sobre sangre nacional y extranjera, esclavitud, ignorancia, propaganda y tergiversación de la historia –perfectamente visible en la trasnochada e hipócrita corriente antisoviética que parece invadir hoy el mundo occidental—  está en un punto decadente. Los países conquistados como México seguimos viendo hacia allá en busca de oportunidades, cuando la verdadera oportunidad para la especie está en la maduración colectiva, en la libertad de información y en la generación de cultura y contenido nacional auténtico.

El núcleo cultural estadounidense es visible en las universidades donde colectivos sociales para hombres, llamados fraternidades, quienes llevan a cabo ritos de iniciación constituidos esencialmente con humillación concertada, la cual puede ir desde la realización de actividades físicas extenuantes, hasta tomar vómito de los “hermanos mayores”, e incluso algo aparentemente inocente como tomar grandes cantidades de agua, con la consecuente muerte (sí, el agua en exceso es mortal). Otra radiografía cultural estadounidense reveladora es el ejército, cuyo efecto devastador es mucho más evidente en la responsabilidad de las millones de muertes absurdas causadas.

Esta cultura militaroide de competencia se transmite al nivel profesional y es visible en las empresas privadas, incluso las que exportan el trabajo sucio a otros países con mano de obra hasta 300 por ciento más barata, como México. Aquí, en las Filipinas, la India y otros países conquistados, están las empresas que dan servicio poliglota al cliente de los proveedores de servicios de Estados Unidos (Dish, AT&T, Comcast, y un largo etcétera), y los trabajadores — quienes aún con sus computadoras y flamante estatus bilingüe siguen siendo obreros—  aguantan, aprenden y reproducen este modelo.

En este contexto, es necesario entender la naturaleza y uso de los productos que parecen dar un espacio para la comunicación entre las personas: las llamadas “redes sociales” — es importantísimo que entendamos el papel de los activistas y “ciberactivistas” en este medio—. En la masa confusa de hoy cualquiera puede creer en su “ciberactivismo”, porque retuitea, o gusta de información por medio de redes sociales, lo que esencialmente equivale a pasar un volante, o asentir sobre algo sin haberlo leído.

No hay una manera de probarle a los amigos en Facebook, o a los seguidores en Twitter que realmente hemos pasado del principio al final de la página y hemos entendido el contenido de lo que replicamos. Esto es en esencia lo que nos dan las redes sociales: una noción de conexión, de información y de acción lamentablemente falsa.

El máximo poder, por su alcance y formato, está en la televisión y la radio. Si los revolucionarios de la comunicación queremos crear un cambio, deberíamos tomar las televisoras o, con más inocencia, buscar un espacio en la televisión para distribuir contenido y mensajes alternativos.

Pensemos en las dictaduras —Argentina, Chile, Brasil— y sus comunicados en la televisión nacional anunciando el principio de un nuevo orden. ¿Qué es más contundente? Recordemos también el “chiquihuitazo,” la toma armada de un canal de televisión por otro.

El triste estado del activismo mexicano en internet se entiende mejor si vemos un poco de la historia del ciberactivismo internacional casi artesanal de los años ochenta y noventa protagonizado por grupos con verdadero conocimiento de los sistemas en los cuales se movían, y quienes se organizaban en BBS’s y salas de conversación, actuando de forma tangible y pionera al entrar, modificar, y atacar instalaciones gubernamentales con objetivos políticos. Por fortuna, hay otros ejemplos más recientes. Nombres de pragmáticos como Aaron Swartz y Chelsea — antes Bradley—  Manning, deben formar parte del libro de texto de la materia “libertad de información”,  que se impartiría en una escuela utópica.

Las empresas privadas, en la peligrosa fase que vivimos del capitalismo — del cual quizá lo último que queda de innovación es el oasis de la tecnología — necesitan cooptar toda la energía, apetito por la información y furia de las personas. Lo están logrando y manteniéndose y generando millones en capital especulativo. Algo así como el valor de lo que se percibe que son, o podrían ser, y que siempre cae al momento de confrontar su verdadero valor de uso — como pasó con la red geriátrica por excelencia, cuyo inicio fue el de un club colegial exclusivista y macho: Facebook.

Quizá, pues, esta sea la nueva y difícil misión de todos los que no quieren ser simples repetidores, ecos de encabezados engañosos, y comentadores en un petit comité, cerrado, entre sus propios amigos: hay que aprender a entender y utilizar los sistemas desde su base primordial, así como antaño aprendimos a usar radios de onda corta, escribir y estructurar frases o como aprendimos a usar imprentas para hacer fanzines y carteles, engrudo y demás, para dominar las herramientas de manera eficaz, y más aún, actuar en la vida real para hacer un cambio verdadero.

Mayo, 2014

@anarcopop

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