No era el mundo que se moría, era el amor que se acababa

“No era el mundo que se acababa, era el amor que se moría. No había árboles descuajados, sino una mujer que se marchaba. Era el amor que se perdía por una calle de tumbas urbanas. Era una puerta que gemía, en unos ojos de ninguna tarde. No era el mundo que se moría, era el amor que se acababa.”

Homero Aridjis

Por Charles Gnomosky

Con tristeza y mucha pena, los acontecimientos ocurridos en los últimos días en el país y en la Ciudad de México nos recuerdan lo trágico de las cosas y  lo complicado que puede llegar a ser esta realidad. Un asesinato de un menor, la violación de dos mujeres (madre e hija) mientras eran víctimas de un asalto en una de las carreteras de Puebla. El asesinato de una chica de 22 años dentro de las instalaciones de Ciudad Universitaria. Un país en dónde ha pasado todo y sigue sin pasar nada. Una sociedad con una descomposición social impresionante y cada vez más desunida, además de las miles y miles de constantes desapariciones  y todos los daños colaterales por la denominada “Guerra contra el narco”.

Leía en las redes sociales las distintas posturas por lo ocurrido en C.U, la muerte de Lesby despertó un lado oscuro e insensible de los habitantes de este país. Una respuesta insensible por parte de la Procuraduría de Justicia de la Ciudad de México en donde a través de sus declaraciones justificaban su asesinato (no era estudiante en la UNAM, vivía en unión libre con su pareja, horas antes de su muerte se estaba alcoholizando y drogándose con sus amigos), además de cientos de comentarios de los usuarios mostrando una falta de respeto a la mujer y todo lo que significa, un desprecio hacía lo femenino, un desprecio a la vida, un desprecio al amor. Debemos recordar algo simple: “las víctimas nunca son las culpables”, pero al parecer es mucho más fácil decir lo contrario para evitar investigaciones largas y burocráticas.

Temo decirlo estimado lector, pero todo esto es el resultado de muchos años de deterioro social y humano, hemos permitido el rompimiento de vínculos en todas nuestras estructuras sociales, desde la familia, la escuela y en el trabajo, en calles y avenidas nos son desconocidos los otros navegantes de este barco al que llamamos México (no sólo el Estado es el único culpable).

Existe una constante en nuestra forma de relacionarnos con el otro mediada por una cultura del desprecio y micromachismos arraigados en la médula espinal en las acciones de hombres y mujeres de este país. Es cierto lo que dice Mardonio Carballo: “¿Cómo llegamos aquí? ¿Cómo llegamos aquí? Ignorando al otro, ignorando al de a lado, al de junto”, nos ignoramos todos los días, nos ignoramos a todas horas. Mexicano ignora a mexicano; mexicano, trasgrede a mexicano; mexicano, humilla a mexicano; mexicano, mata a mexicano.

Esperando que lo acontecido no quede como otra triste historia de esta triste ciudad, ojalá podamos darnos cuenta de la complejidad de las cosas y la necesidad (no necedad) de cambiar y empezar a mirar al otro como un otro, ese alguien que padece las mismas problemáticas, pero que también, es ese otro en el cual debemos de apoyarnos para transformar esta rara y cruda realidad. Tenemos que repensarnos como sociedad, como individuos y como ciudadanos, darnos cuenta hasta dónde es nuestra culpa, esa culpa compartida que tanto negamos. Tal vez al final del camino podamos darnos cuenta, como lo escribiera Homero Aridjis, “no era el mundo que se acababa, era el amor que se moría”.

@CharlesGnomosky

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