Normalizar la Violencia

Por Pablo Manrique

 

Uno de los rasgos característicos de nuestra sociedad distópica hipermoderna es la violencia soft. Nos hemos acostumbrado a ver desmembrados y asaltos. Escuchar de asesinatos se ha convertido en el pan de cada comida. Los feminicidios ya no nos asustan ni tampoco la crueldad del narcotráfico.

Nuestra capacidad de construir empatías y eticidades se han ido al caño gracias al individualismo, que se inserta en nuestras sociedades como el disparador del consumo y el éxito. ¿Tú, eres parte de esta normalización de la violencia?

Sleep dealer es una película del 2008 —el año en que Mr Drone, Barack Obama, premio nobel de la paz tomó posesión—dirigida por Alex Rivera. En ella se retrata un “futuro distópico” en el que una muralla fortificada ha acabado con la migración entre México y E.U.A. El trabajo es realizado, por los mismos que antes habrían sido migrantes, a través de interfaces remotas desde las cuales controlan robots que hacen el trabajo de construcción a lo largo de jornadas extenuantes que literalmente terminan chupándole la vida a los operadores.

Los personajes se ven forzados a caminar largas distancias para comprar bolsas de agua bajo la vigilancia de cámaras armadas con metralletas. Intentos de hackear las telecomunicaciones son interceptados y castigados con misiles lanzados por drones no tripulados. Es un documental visionario que relata lo que hoy es la realidad absoluta para muchas personas. Es un ejemplo de violencia prospectiva premiada y admirada por muchos, incluido yo.

Otro tipo de violencia visual es la que ayuda a la catarsis, y sus ejemplos efectivos se presentan en forma de videojuegos. Uno de mis favoritos es GTA, que fue leyenda en su primera edición allá por los noventa porque lo habían “prohibido en Brasil”. En esos años la violencia extrema en las películas era muy criticada. La “gratuita” en Pulp Fiction, heredera de Robocop y otras, era “controversial” y rechazada por amplios sectores. Hay que ver a Brasil hoy y las múltiples formas de violencia que el gobierno y el sistema a través de este han ejercido contra la población. Poco tiene que ver un tonto videojuego.

Entre esos grupos que reprueban lo que ellos llaman “la normalización de la violencia” hay prepotentes que se la pasan chupandoalcohol, que usan el claxon para que el portero les abra la puerta. Entre ellos están los que se la pasan fumando tabaco apestando y envenenado el aire en la calle porque “estoy en la vía pública y puedo hacer lo que quiera”. Los que entre amigos —y muchas veces en público real o digital— hablan de las mujeres como presas sexuales y le desean destinos violentos a los rivales políticos. Entre ellos están los que apoyan la prohibición de otras drogas mientras son adictos a drogas buenas, legales.

Los que regañan a la gente por ver videos de la muerte son los mismos que piensan que todos debemos creer en un dios porque si no no se puede tener una brújula moral, los que critican la “veneración de la ciencia” pero ejercen una especie de relativismo ideológico ante el salvajismo islamista y llaman “islamofóbicos” a quienes lo condenan. Son los que ejercen pequeñas cotidianas dosis de violencia en la calle, los que andan de cabrones gandallas en sus coches en las colonias afluentes de las grandes urbes mexicanas.

Son los que creen que la culpa de Columbine la tienen el roquero Marilyn Manson y la película Natural Born Killers.

El problema es pensar que todos son más estúpidos y desgraciados que tú, de modo que al ser expuestos a una imagen realmente violenta terminarán siendo asesinos. ¿Qué tanto hay que seguir la resquebrajada brújula moral de individuos mustios que por un lado censuran contenido y sustancias y por otro destruyen el tejido social en sus entornos inmediatos, dentro de sus familias y lugares de trabajo ejerciendo violencia y control de forma sádica y condescendiente? Esos que condenan la curiosidad o “el morbo” de alguien que busca, ve o comparte imágenes violentas reales, tienen un grado de responsabilidad importante en esa fórmula paralizante que es “la normalización de la violencia” como un ente a combatir.

Es uno de tantos juegos morales de doble filo de nuestro tiempo posmo. No es lo mismo publicar y/o analizar imágenes de violencia, que autorizarla francamente, ejercerla o condonarla a un ritmo e intensidad que la conviertan en algo normal, cotidiano y omnipresente. Acotar este proceso no se logra bloqueando contenido y pontificando contra quien lo consume.

Existe una serie de televisión que de forma visionaria —o interpretativa para quien pone atención— retrata, o proyecta lo que ocurre con el animal de las redes sociales, las expectativas y los juicios sociales, Black Mirror, que en concierto con la película Nerve parecen una premonición o explicación preventiva del horrendo asesinato de adolescentes en el Colegio Americano del Noreste en Monterrey. México es pionero en un siniestro estilo de masacre promovido por “las redes”.

De forma similar, el documental Lo And Behold de Herzog frota la superficie de la parte “diabólica” de una red fuera de control que influye en las mentes y las realidades de las personas al comentar el caso de Nikki Catsouras quien se mató en el Porsche de su padre y cuya foto fue filtrada, esparcida y utilizada para burlarse de los devastados padres y familia de Nikki.

El dolor de los padres de las víctimas, como los de Columbine hasta los de Newtown y los de Monterrey, sin mencionar los de los miles de desaparecidos por la guerra inspirada en la prohibición de las drogas, parece imposible de describir, ver y tratar de entender. Pero las causas, el encontrar información, restos, datos imágenes sobre las circunstancias de la muerte de las víctimas, no debe ser censurado. Entender la realidad, entrar lo más profundo que se pueda en una o todas las violencias visibles es una opción, es una necesidad o un deber, incluso, en muchos casos, para entender y sobrevivir dicha violencia.

La necesidad de compasión, la responsabilidad de todos por entender y actuar diariamente para visibilizar, disectar y comprender la violencia contra terceros, y desnudar su profunda naturaleza cobarde, requiere de nosotros la valentía, la compasión, y la curiosidad oscura, que muchos van a llamar morbo, de exponerse a sus imágenes. La diferencia entre estos términos radica en la decisión de qué hacer con la información, con las imágenes. El morboso, el compasivo, el valiente ¿qué hacen? ¿Tú qué haces?

La banda Santigold escribió este párrafo :

Somos los cuidadores

Mientras dormimos en América (Estados Unidos para los nacionalistas)

Nuestra casa se quema

Nuestra casa está en llamas

Los valores, y las virtudes no son algo estúpido y galvanizado. Requieren de experiencia personal, de empatía, de inteligencia, para ser ejercidos y enseñados. Incluso con esa palabra debo tener cuidado, porque enseñarle a alguien la ética, el amor, la inclusión, los límites de la libertad —que existen solo cuando se agrede a otra persona— no se enseñan con letanías, discursos o regaños. Es la experiencia, el poner a las personas en un escenario a actuar, lo que genera el conocimiento de un sentimiento.

@popmofolk

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3 comentarios en “Normalizar la Violencia

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