Amor hiperligero: pantimedias de colores y un dolor de muelas

Por Óscar Cuevas

¿Qué respondería usted, estimado lector, si alguien le preguntase qué es estar enamorado? Hoy, 14 de febrero, se “celebra” el día del Amor y la Amistad; curiosamente, se hace comprando y regalando objetos que poco representan al Amor. Estamos hablando, quizá, de uno de los sentimientos más complejos que se pueda experimentar.

El Amor, desde tiempos remotos, ha estado asociado a una especie de lugar que se encuentra más allá de lo cotidiano. Recordemos, por ejemplo, el Fedro de Platón, en donde se dice que el enamorado escapa de sí mismo para encontrar al otro. El enamoramiento es aquél estado extático que hace perder la cabeza. Así, dentro de la literatura podemos encontrar a una exótica adolescente que es capaz de hacerle perder la cabeza a Nabokov.

En Lolita, ¿estamos hablando de amor o es meramente un deseo sexual exacerbado? Platón, en el mito de los Andróginos habla de la naturaleza trágica y hasta un poco perversa del Amor. Según este filósofo, como entes incompletos estamos destinados, desde el origen, a buscar la completud en ese otro, en la “media naranja”.

El Amor entonces conlleva un cierto grado de sufrimiento. Se tiene que sufrir cuando se ama, hay que llorar a lágrima viva, llorar a chorros; el enamoramiento, por lo menos en México, lleva en sí mismo una dotación de dolor y sufrimiento: el amor debe valer la pena.

Así como Penia cayó rendida ante la voluptuosidad de Poros, el nacimiento de Eros recuerda que el Amor es ese sentimiento trágico que, al mismo tiempo, nos hace sentir ligeros como una pluma y atados a un sentimiento, como diría un rockero de los ochenta.

El amor galante se enfrenta ahora a la transformación de los valores tradicionales. El amor líquido de Bauman aparece en escena para darle en la madre a la preconcepción del Amor Platónico. Pero recuerda lector, Platón no se refiere a eso que dice tu comadre cuando habla de un güey con barba y pectorales perfectos. En Platón, el amor platónico es aquél que logra desembarazarse del yugo carnal y se expresa en el plano de las ideas.

En este sentido, el amor líquido de Bauman logra una mixtura con la ligereza propuesta por Lipovetsky. Estamos en presencia de un amor ligero ad vitem. La liquidez del amor ha dado como resultado nuevas maneras de expresión sexo-afectivas que no se daban, por lo menos, tan abiertamente como ocurre ahora.

En The Dreamers e incluso en la Biblia, podrías encontrarte con historias en las que los hermanos tenían relaciones carnales que se colocaban más allá de la narrativa arquetípica del amor galante, sin embargo, no estábamos todavía en las esferas del poli amor.

Atención, en una sociedad hípermoderna, en donde la ligereza se ha convertido en una realidad antropológica que no podemos dejar de lado, el amor se convierte no solamente en un desvalor, sino en una imposibilidad práctica. ¿Cómo podemos mantener relaciones largas cuando la sociedad misma reclama la constante reinvención de nuestras identidades y gustos?

La comunidad homosexual es tal vez la que mejor expresa esta transformación de los vínculos amatorios y carnales. La capacidad de poder expresar tu sexualidad más allá del amor galante, han colocado a la comunidad homosexual en un terreno de mucha mayor libertad que los heterosexuales de los años ochenta.

Además de sexualizar el cuerpo en función de los valores y antojos del día, el amor líquido hípermoderno permite alcanzar la ligereza a tal grado de poder tener diferentes parejas sexuales al mismo tiempo. El poli amor no busca la media naranja platónica sino satisfacer el narcisismo exacerbado del híperamor.

Lo híper se convierte en el estado extático en el que todo cambia con tal vorágine que instituciones que apuestan por el largo plazo y la permanencia se encuentran en crisis. Curiosamente, el amor ligero no otorga a los amantes mayor serenidad, al contrario. Un estado de angustia pareciera invadir a quienes no lograr ser un objeto de deseo.

Feis y tuiter nos invitan a urgar en los escotes de las modelos neozelandesas tanto como bajo las faldas de una chica nipona hiperdelgada. Los recondicionamientos sexuales, la apertura de la práctica sexual, la reconciliación con la masturbación y el cuerpo no han logrado vencer a los tabús impuestos por las moralinas de los cincuenta.

El matrimonio sigue siendo muchas veces incompatible con la apertura sexual. El erotismo, en pleno siglo XXI sigue siendo negado como una práctica amorosa legítima. La búsqueda del placer en tiempos líquidos hiperligeros sigue estando disociada de los viejos cánones impuestos por las nociones como el amor galante o el platónico.

A pesar de que estamos viviendo una liberación del cuerpo, como lo ejemplifica claramente la comunidad transexual, que ha sabido re-apropiarse el cuerpo y descolocar el sexo de los genitales; seguimos atados a la ideología conservadora instaurada en los años cuarenta.

El amor y el erotismo no son cosas distintas. El deseo carnal es complementario del deseo amatorio. El amor es un perro infernal, los crímenes del amor no se dan, como dice Sade por aceptar el culto al cuerpo; sino por negar su esencia amatoria en sí misma.

Si en pleno siglo XXI somos una sociedad de malcogidos, al estilo Girondo, es porque no hemos sabido congeniar nuestros deseos carnales con los sentimentales. Seguimos dándole demasiada importancia a lo que sucede fuera de la cama. La ética indolora de los nuevos tiempos democráticos no ha sabido encontrar la manera de congeniar el sexo, el erotismo y el amor.

Las chicas en pantimedias, los flamantes homosexuales caribeños, las chicas transexuales, los godinez, los hípsters; incluso el imbécil de Trump; merecen encontrar un buen par de colchones en los cuales sudar, reír y emborracharse; después de hacer el amor en nombre del erotismo. Este amor hiperligero sin pantimedias de colores se ha convertido en un dolor de muelas.

@CuevasO33

 

 

 

 

 

 

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