La negociación de las pasiones

Por Óscar Cuevas

La postmodernidad, con su discurso sobre la ligereza, ha hecho de la pasión un juego ridículo.

Comúnmente se asocia lo monstruoso con lo irracional. La pasión comanda mientras el blanco corcel reposa, pasta o trastabilla. La pérdida del juicio es el argumento con que pretenden explicar los crímenes más aberrantes. La dicotomía oscuridad-luz, locura-razón, pasión-juicio ha configurado el quehacer social desde el Medioevo, si no es que antes, desde la Antigüedad tardía. Basta con leer el Menón. En este diálogo, Platón arengaba a sus conciudadanos a dejar de lado el vicio y alimentar la virtud. Siglos más tarde, el médico Galeno derivada de la clasificación de los temperamentos (flemático, colérico, sanguíneo y melancólico), a través de médicos como Hipócrates y Galeno,  se configuró, por médicos como Galeno e Hipócrates, una dicotomía sano-enfermo, publicidad-privacidad; en donde lo “enfermo” se oculta a las miradas de la sociedad.

Desde la Edad Media hasta el Renacimiento se forma un sistema médico derivado de uno filosófico en el que se relaciona a la enfermedad con lo desagradable y a su contrario, la salud, con lo agradable. Así, del sistema médico-filosófico surgen problemas-objeto sobre la constitución del ser.

Al ligar los sentimientos al cuerpo surgen dos interrogantes principales: ¿qué hacer con aquellos impulsos negativos? ¿Son ellos parte de la constitución humana per se? Si bien es cierto que ya desde Platón se recomendaba el control de las malas pasiones también lo es que existían momentos en donde las barreras de lo prohibido eran derrumbadas por Dionisio: las bacanales. Más tarde, con el sistema jurídico romano, aparece la primera “negociación de las pasiones” y el poder es asociado con la gloria y el honor.

Un romano que buscaba la gloria y el honor, no lo hacía (al menos no en teoría) por la búsqueda ciega del poder mismo, sino por un bien mayor. El poder era entendido como una vía de acción virtuosa para lograr las transformaciones de las leyes. Surge en Roma la tríada que dará sentido a las virtudes caballerescas del Quijote: la pasión, la ley y la virtud. Pero es también en la obra de Cervantes en donde el protagonista evidencia la caída del ethos glorioso y caballeresco y pone en evidencia la “degradación moral de la época”.

Posteriormente, autores como Maquiavelo y Hobbes clamaban por la creación de un Estado que diera forma a las acciones humanas; otros, como Spinoza, Vico o Rousseau, buscaban dar respuesta a la naturaleza del hombre (entendido como ente, como completud) menoscabando el cuerpo en favor del alma, creando categorías absolutas, teleologías éticas, deontologías morales.

El resultado fue un ethos democrático asociado al control, al proceso, a la predictibilidad, en donde la pasión debe ser reprimida por medio de la fuerza (San Agustín, Calvino), o dominada desde dentro (Pascal, Visco, Hegel, Goethe). Durante la revolución industrial, como se presenta en películas como Metrópolis, la fábrica se convierte en la representación institucional de la violencia contra las pasiones.

Las largas horas de trabajo que niegan el derecho a la pereza nombrado por Lafargue; los accidentes y desmembramientos, que importan menos que la producción y las cuotas; la sobre-explotación y sobre-enajenación del trabajador gracias al Fordismo y al Taylorismo; y la lógica de producción-consumo construida teniendo como modelo a la máquina terminan la negociación anteriormente mencionada con las pasiones.

La hybris griega ha sido encapsulada y geolocalizada. Las pasiones deben ser controladas y reprimidas en detrimento de las necesidades del cuerpo. Así como en un tiempo el reloj y el ferrocarril unificaron el tiempo, el internet lo ha disectado para terminar con la paciencia, el ocio y la reflexión.

@CuevasO33

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