La realidad de México o la orfandad contemporánea

Por Fernando Carrillo

La postmodernidad ha traído cambios tecnológicos que impactan directamente nuestras relaciones sociales. Cambio e individualismo se oponen a las instituciones tradicionales. ¿Somos más egoístas?

Salvemos la solidaridad y la esperanza

Sin lugar a dudas, uno de los signos de estos tiempos, el cual se ha instalado en el espíritu humano, es ese sentimiento de orfandad producido por acontecimientos que parecen salirse de control o no tener solución. Ante esto, muchos quisieran regresar a la infancia y ser protegidos por sus padres, estar acogidos por una familia en la que las penas sean menos, volver a pensar que hay héroes en el mundo o que al final del trayecto encontrarán a un Ombudsman capaz de poner en su lugar a truhanes y abusivos.

Ambiente inhóspito

Los noticieros rebosan de notas rojas matizadas y maquilladas, pues la realidad es más escalofriante de lo que la prensa comunica. Estos días están llenos de violencia, robos, secuestros, extorsiones… el crimen organizado parece que ya ha obtenido carta de naturalización en México y su extirpación aún se ve muy lejana. Pero este ambiente no solo es creado por los criminales, sino también por el gobierno en sus distintos órdenes: sus miras e intereses están colocados en asuntos partidistas, facciosos o personales; el poder y el dinero ilícito mantienen distraídas a las autoridades de su deber.

Así, la población pasa desapercibida para el gobierno y esto se nota en el diseño de las políticas públicas, pues muchas de ellas, como las proabortivas o disolutivas de la sociedad, como los falsos neo derechos humanos –artificiales en su supuesta progresión–, son ajenas a las necesidades de la mayoría de los ciudadanos y muestran una desarticulación de un plan rector de gran alcance y visión.

Aunado a este desalentador panorama, están las acciones de cada persona, las cuales dan muestra de un individualismo sin precedente, cuyo ADN es el egoísmo. Al grito y consigna de “sálvese quien pueda”, cada individuo actúa de acuerdo a sus propios intereses y criterios; o peor aún, algunos miembros o pilares de la sociedad propinan ataques contra otros mediante el abuso, la traición, la corrupción; hechos fincados en el poder que da una posición o circunstancia imperante. Tal es el caso de las empresas que continúan aprovechando su condición cuasimonopólica en el mercado contra sus clientes y proveedores.

Casos van, casos vienen; pero lo que se está dejando atrás es la oportunidad de unirse como comunidad para establecer quiénes son los verdaderos enemigos. Con la ausencia de líderes auténticos y actuando como fratricidas, la ciudadanía se daña y va desmembrando el tejido social.

Los enemigos

Los enemigos comunes de la humanidad son fácilmente identificables y tienen que ver con el desmonoramiento de las estructuras sociales (como la familia), económicas y políticas.

Hoy, el trabajo a nivel mundial no solo es mal pagado, sino también se aleja de los individuos dejándolos en una posición vulnerable. Hay países enteros que mendigan inversión extranjera con tal de hacer sobrevivir a su población con paupérrimos salarios. Así, el hambre se campea en infinidad de naciones.

Lo más parodójico y perverso es que los mexicanos cuentan con los recursos, la respuesta y la solución de esta problemática, pero no la resuelven. Ahí radica la perversidad del gobierno y de los propios ciudadanos, que permiten todo por frivolidad, ignorancia o por conservar poder, estatus, comodidades, etcétera.

Nueva religión

El capitalismo revestido de neoliberalismo no solo está haciendo desiguales a los individuos, sino también los está volviendo solitarios. Tanto en el ámbito privado como en el público, se ha comprado el individualismo que proponen las corrientes liberales y el capitalismo descarnado. Esto aleja a las personas de la solidaridad, de la familia, minando las células básicas de la sociedad y creando modelos desvinculantes que matan cualquier vestigio de lo que nos debiera distinguir como humanos: amar al semejante como a uno mismo. Alguien pleno y feliz, entre otras cosas, genera vínculos; el infeliz compra impulsivamente para tratar de mitigar un poco esa dolorosa orfandad.

El falso respeto, el ser políticamente correcto y la autosuficiencia distorsionada se manifiestan como la moda actual. Por eso, la ausencia de Dios y su negación se llevan hasta el ámbito organizacional o institucional.

Si se osa manifestar el creer o tener fe en Dios, se puede ganar el repudio de la comunidad, como si se fuera un terrorista que amenaza la vida de los demás. Y si no se rechaza, entonces se le considera como una opción de entretenimiento o meditación, como quien prefiere un equipo de fútbol, un artista o alguna moda light oriental. A eso se ha arrumbado cualquier manifestación religiosa.

¿Quién podrá salvarnos?

Esta frase del entrañable personaje de la televisión mexicana, El Chapulín Colorado, podría ejemplificar el contexto actual: él, como salvador de la serie, se encontraba ante la imposibilidad de seguir ayudando en algún momento, y eso mismo pasa con la sociedad de hoy. Al ver sus derechos violados, la ciudadanía voltea la vista a todos lados, sin hacer nada; mientras las autoridades, que están comprometidas con el crimen o simplemente tienen miedo, se deslindan de sus responsabilidades y se desligitiman a sí mismas. El resultado de esto es un vacío en el espíritu y una desorientación en temas centrales de la vida humana-social, amén de un ámbito de ingobernabilidad.

Pero la esperanza muere al último. Aún existen millones de testimonios de generosidad y solidaridad; ejemplos dados por los más pequeños, los más pobres, los olvidados y otros que con humildad han sabido leer los signos de los tiempos y han optado por luchar, poniendo al servicio de los demás sus mejores talentos o recursos.

¡Exacto! Cada ser humano tiene que aportar algo, tomar la decisión definitiva de dejar de ser viejo para renacer como alguien nuevo. Aunque el proceso de transformación inicia con cada individuo, es necesario ir por los demás para seguir avanzando en el crecimiento y desarrollo personal. Es importante vivir la solidaridad y subsidiaridad en su fase más comprometida y una vez que cada uno comience a hacerlo en la medida de sus posibilidades, se irán creando las condiciones de vida digna para todos, sin excepciones.

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