Por Juan Pablo Aguirre Quezada
La segunda vuelta electoral es un mecanismo de diferentes democracias para fortalecer la legitimidad y representación de la persona titular del poder ejecutivo, debido a que es elegido por la mayoría absoluta de las y los ciudadanos. Para ello, las y los candidatos requieren de esfuerzos y negociaciones a fin de formar alianzas con otras fuerzas que participaron en la primera vuelta, así como ganar el voto de las y los electores que se abstuvieron.
Si bien las segundas vueltas buscan aumentar la participación ciudadana, así como el civismo al celebrarse unas semanas después de la primera ronda electoral, también tienen desventajas tales como: a veces el ganador de la primera vuelta no resulta electo -lo cual puede ser antidemocrático, tal como sucedió a Mario Vargas Llosa en las elecciones peruanas de 1990-, doble gastos en la organización y celebración de los comicios, polarización de la sociedad, entre otros.
En América Latina la segunda vuelta es común en diferentes países; tal como ha sucedido en los últimos 12 meses en Bolivia, Chile, Perú, Colombia. Cabe destacar que Ecuador tuvo una segunda vuelta en febrero de 2025; mientras en que Costa Rica no se requirió debido a que la candidata Laura Fernández Delgado ganó con amplía diferencia en los comicios celebrados el 1 de febrero de este año. En tanto, Haití y Brasil tendrán también elecciones para elegir a la persona titular del Poder Ejecutivo, por lo que eventualmente podrían tener una segunda vuelta en caso de que las candidaturas sean competidas y no se cumpla la mayoría establecida en sus respectivas constituciones.
En las últimas segundas vueltas en estos países se ha observado una tendencia a que las disputas sean entre candidatos de ideología adversa. Ejemplo de lo fue en Chile, en que el candidato de la coalición “Cambio por Chile” José Antonio Cast ganó a la candidata de Unidad por Chile, Jeannette Jara. Otro caso similar sucedió en Bolivia con Rodrigo Paz del partido Demócrata Cristiano, quien venció a la candidatura independiente de Jorge Quiroga; dejando atrás una tendencia de gobiernos de izquierda por más de dos décadas.
Perú es un caso de segunda vuelta muy competida, debido a que la diferencia entre las candidaturas de Keiko Fujimori y Roberto Sánchez es menor a dos décimas de punto porcentual, faltando el conteo de 0.27% de actas por computar. Estos comicios han sido uno de los más cerrados de la historia democrática de América Latina, lo cual muestra las dificultades de este tipo de elecciones en situaciones de polarización social.
Por su parte, Colombia celebró su segunda vuelta electoral para elegir al titular de la presidencia para el periodo 2026-2030. Estos comicios también se caracterizaron por ser altamente competidas, con una diferencia de 250 mil votos -menos de un punto porcentual- entre los candidatos Abelardo de la Espriella contra Iván Cepeda. Este caso también demostró que este formato no siempre produce las mayorías deseadas, sino sociedades con puntos de vista contrastantes, y el reto de construir una nación.
Las experiencias de las segundas vueltas en América Latina han sido diversas, con alcances y limitaciones para que las administraciones públicas emanadas de estos comicios tengan éxito en sus desempeños. Si bien estas modalidades buscan que los gobiernos tengan legitimidad y respaldo ciudadano; los resultados no siempre logran estos propósitos. Entre las principales críticas a la modalidad de la segunda ronda están: el peso del abstencionismo en el resultado final, la inestabilidad política que puede traducirse al próximo gobierno, falta de consensos, costo de realizar dos elecciones nacionales en poco tiempo, entre otras. Si bien algunas voces han propuesto esta posibilidad para México, se deben evaluar alcances y limitaciones para considerar una eventual viabilidad.

