Por Lic. Ma. Concepción García de la Rosa
Escribo desde la mezcla de decepción y preocupación que me dejó la Cumbre del Escudo de las Américas. Como observadora de la política regional, me resulta difícil disociar la retórica de la Casa Blanca del gesto concreto que significó no invitar a México. Más allá de explicaciones protocolares, percibo en esa omisión una lectura estratégica: Washington buscó una imagen de unidad y control que, a su juicio, México no podía garantizar en ese momento.
“La ausencia disminuye las pasiones mediocres y aumenta las grandes, como el viento apaga las velas y aviva el fuego”. François de La Rochefoucauld.
Creo que esa decisión responde a dos factores que conviven y se refuerzan mutuamente. El primero es la percepción de inseguridad que pesa sobre México: para muchos actores internacionales, el país aparece como el epicentro de una violencia persistente y de la presencia de cárteles con capacidad operativa y alcance territorial. El segundo factor es la dinámica política interna: críticos sostienen que desde la llegada al poder de Morena la percepción de deterioro en materia de seguridad se ha acentuado, con un repunte en homicidios que alimenta la narrativa de inestabilidad. En mi opinión, estas percepciones, reales o amplificadas, terminaron por inclinar la balanza en la decisión de excluir a México de una foto que pretendía ser impecable.
No se puede omitir mencionar que la reciente caída de Nemesio Rubén Oseguera Cervantes, “El Mencho”, exlíder del Cártel Jalisco Nueva Generación, introduce una variable adicional en este tablero. Según declaraciones oficiales, la operación contó con apoyo de inteligencia de Estados Unidos, un hecho que, en mi lectura, revela dos cosas: primero, que la cooperación operativa existe y puede ser efectiva; segundo, que esa cooperación no siempre se traduce en confianza política plena ni en inclusión diplomática automática. La eliminación de un capo de la magnitud de “El Mencho” debería ser motivo de acercamiento y coordinación; sin embargo, la cumbre mostró que los gestos simbólicos y las fotografías públicas pesan tanto como los resultados.
Permítanme ser más clara: la cooperación en materia de seguridad es necesaria y bienvenida, pero no es suficiente. Si la política exterior estadounidense se limita a celebrar golpes puntuales y a exigir alineamientos sin ofrecer incentivos sostenibles, corre el riesgo de profundizar la desconfianza. Desde mi perspectiva, la operación contra “El Mencho” debería servir como punto de partida para una agenda más amplia, no como pretexto para excluir a un socio clave.
La ausencia de México en la cumbre no solo es un asunto de seguridad; es también un mensaje diplomático con implicaciones económicas. México es un actor central en la región por su tamaño, su integración comercial con Estados Unidos y su papel en cadenas productivas. Marginalizarlo en foros regionales puede generar efectos contraproducentes: empujar a los gobiernos a buscar alternativas, reforzar la narrativa de soberanía frente a presiones externas y, en última instancia, debilitar la capacidad de Washington para influir en decisiones estratégicas.
En mi opinión, la política hacia América Latina debe combinar cooperación operativa con propuestas económicas y de desarrollo que ofrezcan alternativas reales a la influencia de terceros actores. Amenazas y reproches no sustituyen programas de inversión, cooperación institucional y apoyo a la gobernanza local.
Hablar con franqueza no equivale a renunciar a la diplomacia, porque la exclusión simbólica tiende a generar resentimiento y erosiona la cooperación necesaria para abordar problemas transnacionales de manera eficaz y legítima.
Confieso con profunda tristeza que, desde mi perspectiva, la política reciente ha convertido a México en algo más que un vecino incómodo para Estados Unidos: hemos pasado a ser un problema que preocupa y avergüenza, y eso duele.
Lamento que, bajo el gobierno de Morena y ante el repunte de la violencia que muchos analistas y sectores de la sociedad atribuyen a decisiones y omisiones de la administración actual, la imagen internacional de nuestro país se haya visto erosionada hasta el punto de justificar, para algunos en Washington, la exclusión de espacios de diálogo regional; me entristece pensar que la complejidad de nuestros desafíos internos —la presencia de cárteles, el aumento de homicidios y la fragilidad institucional en ciertas zonas— se traduzca en una etiqueta diplomática que reduce décadas de vínculos económicos y culturales a un estigma de inseguridad.
Esta sensación de abandono y reproche no solo hiere la dignidad nacional, sino que también empobrece las posibilidades de cooperación: cuando la respuesta externa se inclina por la distancia y la fotografía política en lugar del acompañamiento sostenido, se desperdicia la oportunidad de construir soluciones conjuntas que atiendan las causas profundas del fenómeno criminal y restauren la confianza que América Latina tanto necesitan.
La distancia impuesta entre aliados es la herida que más tarda en cicatrizar… Tiempo al tiempo.

