La transición en la Cancillería mexicana

Por Ma. Concepción García de la Rosa.

La salida de Juan Ramón de la Fuente y la propuesta de Roberto Velasco Álvarez como su sucesor no anuncian, en los hechos, una ruptura profunda en la política exterior mexicana. Más bien, lo que se perfila es la consolidación de una continuidad institucional que De la Fuente ayudó a diseñar y que Velasco, por trayectoria y prudencia política, difícilmente alterará de manera significativa.

“Lo único permanente es que todo cambia” Heráclito de Éfeso.

Velasco llegó a la SRE en la órbita de Marcelo Ebrard, pero su permanencia en la Cancillería (y su decisión de no acompañar a Ebrard a la Secretaría de Economía) es indicativa. Esa elección sugiere una preferencia por la operación diplomática y por la estabilidad dentro del aparato, más que por la lealtad a liderazgos personales. Su desempeño con Alicia Bárcena tras la etapa de Ebrard, y luego con De la Fuente, confirma que su capital político es, sobre todo, funcional: capacidad negociadora y conocimiento técnico, especialmente en asuntos vinculados al T‑MEC.

No puede subestimarse el hecho de que muchos de los puestos clave actuales en la SRE fueron colocados por De la Fuente. Su perfil académico y su prestigio internacional le permitieron estructurar una Cancillería con equipos consolidados y con una lógica de trabajo profesionalizada. Incluso la creación de una subsecretaría pensada para el propio Velasco es una señal clara: la transición fue diseñada desde dentro, con piezas que encajan entre sí.

El relevo por Roberto Velasco Álvarez —propuesto por Claudia Sheinbaum Pardo y pendiente de ratificación en el Senado— confirma una lógica de continuidad más que de cambio. No se trata de una figura externa ni de una apuesta disruptiva: Velasco ha sido operador central de la política hacia América del Norte, encabezando negociaciones con Estados Unidos y Canadá en un momento clave para la revisión del T-MEC.

La gestión de Velasco, en consecuencia, tenderá a consolidar líneas ya trazadas: énfasis en la estabilidad regional, continuidad en la interlocución con Estados Unidos y Canadá, y mantenimiento de la presencia activa en foros multilaterales. No se trata de inmovilismo por principio, sino de una apuesta por la previsibilidad en un entorno internacional complejo.

Además, su cercanía con la presidenta refuerza la hipótesis de continuidad controlada. Más que inaugurar una nueva etapa, su nombramiento parece orientado a garantizar estabilidad en un contexto internacional particularmente sensible, marcado por tensiones con Estados Unidos, presiones migratorias y la revisión del acuerdo comercial trilateral.

Es improbable un reacomodo interno profundo, primero: porque los cuadros que han mostrado resultados no son fáciles de remover sin pagar un costo operativo inmediato; segundo: por respeto al estatus y la carrera académica y profesional de De la Fuente: Velasco no parece inclinado a confrontar o desplazar a quienes fueron incorporados por su antecesor y que han demostrado eficacia. Y tercero, porque la lógica institucional de la SRE privilegia la memoria y la continuidad en negociaciones multilaterales y en la relación con socios clave.

Para quienes observamos la Cancillería desde dentro, el relevo confirma una verdad práctica: los nombres cambian, pero las estructuras que diseñan y sostienen la política exterior permanecen. En ese marco, la llegada de Velasco es más un sello de continuidad que el inicio de una nueva era.

Puntuación: 4 de 5.

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