Consúmase bajo su propio riesgo

Por Óscar Cuevas

Hubo un tiempo en el que el alcohol y el tabaco estaban prohibidos. Y se tildaba a los consumidores, vendedores y productores de locos, enfermos, criminales, etcétera. Años después estas sustancias se venden y consumen libremente. Más allá, se han convertido en emblemas de cualquier actividad lúdica y recreativa.

Sin duda, la resolución tomada hace unas semanas por la Suprema Corte de Justicia de la Nación, dentro de su primera sala, integrada por los Ministros Olga Sánchez Cordero, José Ramón Cossío, Arturo Zaldívar, Jorge Pardo Rebolledo y Alfredo Gutiérrez Ortiz Mena, marca un precedente que transformará la manera de hacer política en México.

Si bien es cierto que el fallo otorgado por dicha sala, ampara solamente a cuatro personas, también lo es que se ha dado un paso en contra de la estrategia prohibicionista y a favor de la libertad que cada persona tiene para decidir qué productos consumir dentro del mercado.

La legalización de la mariguana para fines lúdicos y recreativos ha retrotraído aquellas discusiones en torno a la naturaleza misma de las sustancias. Una narrativa cuasi medieval, cuasi naturalista ha reinado cuando se habla de los opiáceos; narrativa que deliberadamente decidió que ciertas sustancias son malas per sé  y otras buenas en sí mismas.

Este tipo de narrativas se refuerzan en el sentido común y en el nulo debate público. También son apoyadas por ensoñaciones, metáforas y símiles. Hay ciertas marcas sígnicas que van definiendo poco a poco el sentido de las cosas. Pensemos, por ejemplo, en cómo los poetas románticos lograron crear un sentido de muerte bella entorno a una enfermedad como la tuberculosis.

Signos de dicha enfermedad, como la palidez de la piel, la delgadez de los enfermos y la manera en la cual se iba desvaneciendo el espíritu del enfermo, fueron asemejadas con el canon de belleza de la época: la piel blanca, la delgadez y el tesón (que se veía reflejado en cómo el enfermo mantenía con gallardía la pelea contra la muerte).

Así, morir de tuberculosis era asociado a una muerte bella, guerrera, valiente. El discurso médico y el poético sumaron fuerzas para no hablar de lo que la enfermedad era sino de lo que la enfermedad se pensaba que era. La percepción social se basa pues, en prejuicios morales y éticos que prefiguran las relaciones de lo que es aceptado o prohibido.

De la misma manera, la discusión sobre el consumo, distribución y producción de la mariguana no se hace sobre lo que la sustancia es sino sobre lo que se piensa que es. Hasta hace poco, el debate sobre la despenalización de la mariguana giraba sobre nociones éticas y morales, complejos narrativos que la supuesta droga, no posee.

Esto me recuerda un caso en particular que logró transformar las concepciones de una época. En 1857, el Tribunal Supremo de Estados Unidos estudiaba el caso Scott v Sandford, en el que se discutía nada más y nada menos que el derecho de propiedad del segundo sobre el primero, siendo éste un esclavo afroamericano.

Si bien la corte falló a favor de Sandford, el caso sentó precedente y algunos años más tarde, la esclavitud fue prohibida en los Estados Unidos, al reconfigurarse los términos del debate se reconoció como iguales a los norteamericanos afroamericanos. Es cierto que después siguieron (y siguen) siendo blanco de ataques racistas, pero la gran diferencia es que estos ataques no están solapados por la ley.

Este caso es similar al que discutimos ahora sobre la mariguana en términos de posesión. Es decir, la esclavitud careció de fundamento cuando se reconoció que los norteamericanos no tenían ningún derecho de posesión sobre sus similares afroamericanos al ser ambos tildados como hombres libres.

De la misma manera, si se reconocen los alcances positivos de la mariguana y se refuerza su consumo con información sobre el producto a consumir, la noción de “narcótico” se diluye para pasar a la de “mercancía de consumo.”

La mariguana se ha convertido en una sustancia prohibida por el estado porque fue tildada como un “narcótico”. Sin embargo, sustancias más peligrosas, como el alcohol y el tabaco son etiquetadas como “artículos de comercio”; y las personas somos libres de comprar, producir y distribuir aquéllas en detrimento de ésta.

Otras sustancias han corrido la misma suerte que la mariguana en épocas recientes. Recordemos el caso de la sal. Un sazonador antes considerado necesario para condimentar nuestros alimentos fue arbitrariamente retirado de las mesas de los restaurantes, bajo el argumento de que era nocivo su uso para la salud de los comensales.

Si como sociedad aceptamos que el Estado Mexicano tome decisiones sobre nuestros hábitos de consumo privados, estamos cediendo la capacidad más importante que tenemos como ciudadanos: la posibilidad de elegir libremente lo que mejor nos conviene. El principio de caveat emptor debe de ponerse en los términos de esta discusión para empoderar de nuevo al ciudadano como un adulto responsable y no como un hombre bajo la tutela del estado. Pasemos de la ciega restricción, al debate consensuado, informado y tolerante.

@CuevasO33

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